viernes, 11 de julio de 2008

Discapacidad

Trabajo con niños que en el vientre materno no desarrollaron alguna extremidad, con otros que al nacer algo los asfixió, algunos que tras un accidente perdieron masa encefálica, otros que no pueden caminar y varios que a simple vista parecen no padecer nada. 
Es un ejercicio vital cada martes y viernes, llego y juego o invento rutinas para que a través de herramientas teatrales puedan encontrar una vía más de rehabilitación y reinserción al mundo que hay allá afuera.
Y es paradójico, porque cuando escucho sus historias, muchas veces me sobrepasa el dramatismo en el que se desenvuelven. 
No deja de ser conmovedor la alegría con que atraviesan sus días y lo teatral de sus escenarios. Es entonces lo que hacemos un espacio donde la ficción cumple la labor de hacer olvidar o la realidad se transforma en algo dúctil y múltiple. 
Entonces no enseño teatro, enseño a armar y desarmar.
Por eso es que cada vez que de allí salgo se me parte la cabeza y me convierto en un rompecabezas.  

No hay comentarios: