Es un ejercicio vital cada martes y viernes, llego y juego o invento rutinas para que a través de herramientas teatrales puedan encontrar una vía más de rehabilitación y reinserción al mundo que hay allá afuera.
Y es paradójico, porque cuando escucho sus historias, muchas veces me sobrepasa el dramatismo en el que se desenvuelven.
No deja de ser conmovedor la alegría con que atraviesan sus días y lo teatral de sus escenarios. Es entonces lo que hacemos un espacio donde la ficción cumple la labor de hacer olvidar o la realidad se transforma en algo dúctil y múltiple.
Entonces no enseño teatro, enseño a armar y desarmar.
Por eso es que cada vez que de allí salgo se me parte la cabeza y me convierto en un rompecabezas.
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